El mal de los jefes es que se creen dueños de los destinos de los trabajadores. Se aprovechan de la necesidad, hostigan y violan derechos.
Por Leonardo Ganzburg
El trabajo privado en la provincia de Tucumán deja mucho que desear. Por empezar pagan salarios de miseria, manteniendo así atados y disciplinadxs lxs empleadxs, que no les queda otra que aguantar. Tienen que llevar comida a la mesa del hogar.
Con falsa amistad y palmaditas en la espalda muestran una simpatía que intenta camuflar la realidad. Una situación de explotación y aprovechamiento. Hipócritas que sólo buscan seguir acumulando riquezas a costa de la fuerza de trabajo de los obreros.
El que tiene plata hace lo que quiere dicen y los patrones utilizan ese pensar al pie de la letra. Sino te gusta están las puertas abiertas, sugieren, ya que el trabajo es en negro y si vos te vas viene otrx a padecer la explotación.
En ese sentido, la profunda crisis económica obliga a lxs trabajadores a soportar muchas veces situaciones extremas. El trabajo tendría que dignificar, sin embargo en estos casos humilla.
Sueldos bajos, omisión de derechos, demostración de poder, sometimiento, gestores de la pobreza, cómplices del hambre y la miseria. Por todo eso, jamás hay que defender los intereses del patrón. Para él, los empleados no son más, que un gasto necesario.

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